Una mujer maltratada que se convierte en lideresa comunitaria en su comunidad indígena en Guatemala. Una refugiada venezolana que inventa una historia para que sus hijos crean que su huida es solo un juego. En Sudán del Sur, una mujer que, tras perder a su bebé por desnutrición, recorre las comunidades para enseñar a otras madres cómo evitar su historia. Una mujer que logra montar un supermercado en una Gaza bloqueada… son algunas de las mujeres que hoy están moviendo el mundo en otras partes del planeta y cuya historia merece ser oída.
“Desde todos los rincones, todos los días… nuestros equipos sobre el terreno nos cuentan cómo se lucha en la primera línea del frente contra el hambre… y la presencia abrumadora de mujeres que hay en ella… Nos cuentan también historias increíbles sobre cómo ganan esta guerra. Nos parecía importante incluir también sus historias en el movimiento del 8 de marzo para que se convierta en una jornada realmente internacional”, explica Carmen Gayo, directora de comunicación de Acción contra el Hambre”.
Seis de cada diez personas con hambre crónica son mujeres y niñas.
Las mujeres tienen menos oportunidades de educación, de sanidad y de empleo remunerado. Socialmente se espera que puedan cuidar y alimentar a la familia; pero a la vez no tienen los recursos necesarios ni el control de los ingresos familiares para comprar alimentos. Desde una perspectiva cultural, las mujeres con menos oportunidades de recibir educación tendrán menos conocimientos sobre la desnutrición y cómo prevenirla.
A menudo las mujeres tampoco tienen control sobre los recursos. Cuando no se les permite trabajar, poseer tierra o una propiedad, dependen de los hombres de la familia para sobrevivir. Las mujeres producen el 70% de los alimentos del mundo, pero poseen menos del 20% de la tierra. Si las mujeres agricultoras tuvieran el mismo acceso a los recursos que los hombres, el número de hambrientos en el mundo podría ser reducido en hasta 150 millones.
Mujer y hambre en zonas de conflicto
En contextos de conflicto, la violencia contra la mujer dispara el hambre en estas crisis. Desplazadas de sus hogares, sin acceso a sus cultivos o a mercados, las mujeres necesitan recorrer distancias para conseguir alimentos, lo que las expone a mayores peligros como secuestros, robos, ataques o abusos sexuales. En ocasiones se ven obligadas a mercadear con su cuerpo a cambio de tener comida o más libertad de movimiento. La alternativa a no seguir estas opciones puede suponer que tanto ella como su familia caigan en la desnutrición.
En contextos de violencia o emergencias provocadas por fenómenos naturales, la lactancia se ve gravemente afectada, bien porque las madres están separadas de sus hijos, bien porque el estrés y la ansiedad derivados de la situación tienen consecuencias fisiológicas que les impiden amamantar, o bien por creencias que consideran, como es el caso de Sudán del Sur, que es incorrecto que una mujer que ha sido violada dé el pecho. Otras veces la violencia está en el seno de la propia familia. En los campos y asentamientos el equilibrio entre roles se rompe. El hombre, tradicionalmente encargado de sustentar a la familia, pierde la capacidad para proveer lo necesario para mantenerla. Si ya no se ve capaz de proveer de alimentos a la familia, y es la mujer quien lo hace, esto le puede generar frustración y desembocar en violencia de género.
Mujeres que mueven el mundo, la campaña