A veces los políticos merecen que se les dé un tirón de orejas públicamente, cuando ponen de manifiesto su altanería y hacen las cosas mal. O como en este caso, rematadamente mal.
Servidor, se lo había puesto facilísimo a nuestros gobernantes. Antes de que se aprobase el pliego de condiciones de ese contrato para la prórroga por ¡siete años! del Low Festival. Envié a todos los ediles implicados en este sinsentido un resumen con la manera correcta de negociar documentos de estas características. Y una vez aprobado, los comentarios al mismo. Todo ello de la pluma de Jose Antonio Rodríguez, especialista en organización y promoción de eventos; dándose además en él una característica muy particular: ha sido arrendatario y en ocasiones arrendador, a través de subarriendos o de la participación en la propiedad de recintos aptos para espectáculos. ¿Qué más podían necesitar para hacer las cosas bien?
Para que todo el mundo lo entienda voy a intentar explicarlo de manera sucinta: cuando un empresario va a contratar un espectáculo -en este caso, musical- tiene dos posibilidades para hacerlo: bien a través de personal de su confianza o directamente. A partir de entonces se contacta con las oficinas de representación de los artistas. Generalmente, si los grupos o solistas son buenos y famosos, hay poco que negociar respecto a su caché. No así con los que se quieren dar a conocer. Después, se firma el correspondiente contrato con las cláusulas que se pacten. Pero antes de ello, hay que decidir el presupuesto con el que se van a “comprar” esas actuaciones y discutir si son las que interesan. Y una vez puestos de acuerdo -siempre antes, repito, de contratar a nadie- el dueño del recinto donde se va a celebrar el evento, -en este caso el Ayuntamiento- y los promotores interesados, comienzan a negociar un documento que debe ser equitativo para ambos: arrendador y arrendatario. Pero no leonino como el que se pretende rubricar: haciendo todo tipo de concesiones y dando ventajas desproporcionadas al inquilino.
Y lo que debe quedar meridianamente claro, es que al igual que el Festival Internacional de Benicassim (FIB), Benidorm debe tener su propia marca para no tener que depender de nadie y poder elegir en cada momento a los promotores que más nos interesen.
Durante estos años se ha negociado alegremente con el dinero de todos y sin contar con la asesoría de expertos; dejándose engañar en cuanto al tema económico se refiere, que no en el artístico. Ahora, humildemente, pienso que ha llegado el momento de hacer las cosas bien. Sería demencial -de aventureros (con el dinero de los demás) y de irresponsables e incompetentes en grado sumo- comprometerse por siete años sin conocer las circunstancias del momento, ni qué artistas se van a contratar durante todo ese tiempo; cuánto costará su caché, ni en cuánto se valora el recinto de actuaciones y los servicios complementarios: como el subarriendo de los bares, los servicios técnicos municipales y un largo etcétera…
Los contratos deben ser, sin duda de ningún tipo, de carácter anual. Y esto no lo dice solo José Antonio: lo dicta el sentido común. Además, uno de los consejos de este amigo es que, en su opinión, los beneficios -que los hay y cuantiosos- de ese festival juvenil que todos apoyamos, fuesen a parar a la Fundación Turismo de Benidorm, quien bien asesorada por profesionales del ramo podría, sin problemas, hacerse cargo de la organización. No nos dejemos utilizar para el enriquecimiento de unos pocos, con el patrimonio de todos: la valiosa marca BENIDORM y sus propiedades (recintos, instalaciones, etc.). Existen, además, pocas ciudades que puedan albergar sin problemas a ese número tan enorme de jóvenes interesados en estos conciertos. Nuestros hoteles y campings son en cantidad, calidad y precio, de lo mejorcito de Europa; por no decir lo mejor. Aprovechémoslo en beneficio de todos.
Cecilio González
Empresario

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